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Línea militar del proletariado: Insurrección, Guerra Popular y Guerra Civil Revolucionaria.

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 “El marxismo no se limita, en ningún caso, a las formas de luchas posibles y existentes sólo en un momento dado, admitiendo la aparición inevitable de formas de lucha nuevas, desconocidas de los militantes de un período dado, al cambiar la coyuntura social. El marxismo, en este sentido, aprende, si puede decirse así, de la práctica de las masas”.

Las limitaciones de la pasada experiencia revolucionaria suscitan numerosas dudas en torno a varias cuestiones, y una de las más importantes es la línea militar del proletariado. Como podemos observar, en el seno del MCEe existe un intenso debate (o, al menos, una clara división) entorno a la insurrección y la guerra revolucionaria de masas, optando las distintas organizaciones por la teorización de una u otra forma de toma de poder. Kimetz, en base a un análisis de ambas experiencias, opta por la guerra revolucionaria de masas como concepción de vigorosa actualidad para el proletariado, y considera la vieja consigna insurreccional como producto de las limitaciones de la pasada experiencia revolucionaria. A su vez, propone la Guerra Civil Revolucionaria como línea militar en los Estados imperialistas, en contraposición (a la vez que concordancia) con la Guerra Popular en los países subdesarrollados.

Analizando esta cuestión, es evidente que la insurrección fue, de facto, la forma natural para la toma de poder de la burguesía revolucionaria, basada en la revuelta derivada del movimiento espontáneo. Ello nos lleva a un paradigma revolucionario centrado en el impulso de luchas sindicales y parciales, que a medida que crecen, hacen que se desencadene el descontento social hasta que las masas insurrectas toman el poder mediante la dirección del Partido (en los peores caso, ni eso). Pero lo cierto es que lejos de las teorizaciones de nuestros revisionistas de hoy, la insurrección tiene una larga historia, hasta el punto de estar agotada como consigna de transformación social. Así se curtieron todas las revoluciones burguesas desatadas a principios y mediados del siglo XIX (1820, 1830, 1848). El carácter inestable (dentro de su estabilidad como sistema) del capitalismo, su economía anárquica y sus pugnas internas hacen que deba reinventarse constantemente (he aquí la genuina inestabilidad estable del capitalismo).

En el siglo XIX, con la aristocracia feudal viva y clamando por sus privilegios, la burguesía revolucionaria se sublevó varias veces para aplastar a esta clase que empezaba a delirar como tal y a pedir, al menos, su aburguesamiento. Esto sucedió claramente en Francia, donde la burguesía revolucionaria era fuerte, pero no tanto en Alemania, donde se acabó pactando con la aristocracia (de ahí nos viene, por ejemplo, el tan reaccionariamente elogiado Estado de derecho, frente a la consigna de soberanía popular de la burguesía revolucionaria). A la vez que esto sucedía, el proletariado había ya nacido como última clase de la historia; se encontraba, por tanto, en su periodo de formación como clase, de acumulación cuantitativa y de desarrollo. El proletariado seguía la estela de la burguesía revolucionaria en las insurrecciones, creándose en la clase obrera la concepción de que las revoluciones eran algo frecuente y se sucedían de forma espontánea, desorganizada (cuando el pueblo se hartaba y salía a la calle). Esta concepción espontaneísta fue superada con el surgimiento de la cosmovisión proletaria, de cuya concepción se extraía, ya en la época del capitalismo ascendente, que el elemento de consciencia juega un papel motor en la revolución proletaria.

Lamentablemente, la mayoría del MCEe no entiende, no quiere entender, o simplemente no se ha planteado (debido a su negación del balance ideológico) que la insurrección es la línea militar de la burguesía en su etapa como clase revolucionaria.

No obstante, la Revolución Proletaria de Octubre presentó factores cualitativamente superiores a las insurrecciones burguesas, constituyendo una insurrección de nuevo tipo frente a las espontáneas, de viejo tipo. Evidentemente, el elemento principal que bascula la contradicción entre lo nuevo y lo viejo es la consciencia: la de Octubre fue una insurrección consciente, dirigida por el Partido y elaborada bajo una base estratégica político-militar. Sin embargo, no era menos cierto que se vio influenciada por las hordas revolucionarias burguesas del siglo XIX y XX (sobre todo), y que sin su cercano precedente, no hubiese sido posible. De igual manera, no podemos comprender Octubre hablando simplemente de insurrección. En este sentido, resulta fundamental añadir que la insurrección de nuevo tipo necesitó de la Guerra Civil Revolucionaria para completar la consolidación del Nuevo Poder en su ser hegemónico, lo que demuestra el carácter limitado de la insurrección, como forma de toma de poder de viejo tipo (pese a que Octubre marcase un precedente como forma transformadora de la vieja experiencia revolucionaria de la burguesía). Por tanto, entendemos que, si bien la insurrección consciente apoyada de su posterior guerra revolucionaria de masas (en forma de Guerra Civil Revolucionaria) era posible en cierto momento histórico en el que la actividad de la burguesía revolucionaria se entremezclaba con la del proletariado revolucionario (como fue el caso de Rusia, que venía de dos revoluciones burguesas en 1905 y en febrero de 1917), es francamente imposible en la actualidad. Es más, la burguesía está aferrada al poder y fomenta el espontaneísmo para engordar el consenso de los Estados imperialistas incluyendo también a la aristocracia obrera en el bloque de clases dominantes. En cambio, el folclore bolchevique presente en el MCEe hace que este hecho único sea concebido como universal, como decíamos, por la ausencia de balance ideológico.

Ante las viejas hordas insurreccionalistas, el maoísmo, arrojando algo de luz, nos presentó la Guerra Popular Prolongada como alternativa proletaria. Y es innegable que la guerra popular, en sí misma, es propia de la línea militar del proletariado. El desarrollo del elemento de consciente pasa al papel principal, el partido dirige el fusil a la vez que las masas se constituyen como el Nuevo Poder ya formado en las áreas controladas. Albania y China (especialmente) fueron pioneras en la guerra popular, y todas las experiencias revolucionarias del proletariado nos han llegado desde entonces de la mano de la guerra popular (Perú, India, Filipinas, la propia Vietnam…). No obstante, todos y cada uno de los ejemplos de guerra popular han tenido lugar en estados subdesarrollados (en la periferia), lo que nos demuestra las limitaciones para desarrollo en el campo imperialista. ¿Cuáles son esas limitaciones? Entendemos que, en un país subdesarrollado, la capacidad del Estado burgués (como tal, como órgano de dominación de clase) no es tan fuerte como en un país imperialista, lo que facilita la lucha de clases en sus formas explícitamente revolucionarias. Asimismo, el imperialismo hace que el proletariado y el campesinado (clase principal en este contexto) se vean en una situación desesperada, en muchos casos viendo el fusil como la única esperanza para no morir de inanición. Además de la propia falta de sustento básico, las contradicciones relativas a la opresión de las minorías suelen ser mucho más agudas que en los estados imperialistas (opresión patriarcal, racismo, sistema de castas, represión de indígenas…), lo que anima a amplias masas (como las mujeres en la India) a tomar el fusil contra el Estado que hace imposible sus vidas. De igual manera, la revolución proletaria en la periferia es apoyada por amplios sectores de burguesía, que se ven incapacitados para desarrollarse bajo el yugo del imperialismo. Estos factores, presentes en los países subdesarrollados pero inexistentes en los imperialistas, hacen viable la Guerra Popular en el primer caso, pero no en el segundo.

En este sentido, la línea militar del proletariado en sí misma es la guerra revolucionaria de masas. Si dividimos ésta en dos, damos con su forma para la periferia (guerra popular) y su forma para el centro imperialista (guerra civil revolucionaria). Ahora bien, ¿en qué consiste este último y novedoso planteamiento?

En primer lugar, la correlación de fuerzas varía notoriamente: mientras que en la Guerra Popular, al desarrollarse en países subdesarrollados y tener como objetivo la nueva democracia, el campesinado se ha configurado históricamente como clase principal (siempre bajo dirección proletaria), en la guerra civil revolucionaria el proletariado debe ser clase principal a la vez que dirigente. A su vez, debe aunar bajo su bandera a las amplias masas de la aristocracia obrera, la pequeña burguesía y el lumpemproletariado (desapareciendo este ya en el equilibrio estratégico). Por ello, en la fase defensiva estratégica de la guerra revolucionaria no será la dictadura revolucionaria del proletariado la que rija el nuevo poder, sino formas democrático-populares similares a la nueva democracia, con el fin de ganarse a esas amplias e imprescindibles masas ajenas al proletariado revolucionario. Estas formas serán dialécticamente superadas en el equilibrio estratégico, implantando la dictadura proletaria una vez resueltas las contradicciones en el seno del frente interclasista. Asimismo, el Nuevo Poder se compone por las masas armadas en asambleas populares, que nutren al partido y al ejército de nuevo tipo y que son garantes de la democracia obrera y popular.

Como se aprecia, las fases de la guerra popular también están presentes en este planteamiento, y toman características diferentes a las de la guerra popular según la fase. Si bien la guerra de guerrillas tiene aún un papel crucial, la guerra de movimientos toma más peso, en especial porque al contrario que en la guerra popular, la guerra civil revolucionaria se desarrolla de la ciudad al campo (lo que va en consonancia con que la clase principal sea el proletariado). Por lo tanto, el movimiento en la ciudad es más rápido y concentrado que en el campo, lo que supone zonas de nuevo poder más sólidos y de mayor capacidad. No obstante, los problemas logísticos que generaría la ausencia de suministros prevenientes del campo (principalmente alimentos) obligarían a crear zonas de cultivo en la ciudad, a la vez que tomar alguna zona periférica próxima a la ciudad. Ya en el equilibrio estratégico, habiendo conectado los núcleos principales de Nuevo Poder, se establecería un frente semiestable, propiciado por la caótica situación en la que se quedaría el Estado burgués tras la pérdida de ciudades fundamentales. En la ofensiva estratégica, con una superioridad evidente ante la del enemigo, la guerra de movimientos a gran escala se encargaría de la victoria final, apoyado por la guerra de guerrillas en la retaguardia enemiga.

Del mismo modo, tras la derrota del Estado burgués, la necesidad de la guerra revolucionaria de masas se mantendría presente para que las masas pudiesen ejercer el control político-militar del Estado-comuna ante los intentos de la burguesía de volver al poder imponiendo la hegemonía revisionista en el ejército, tal y como pasó en la URSS, en China y en Albania, donde el ejército fue un bastión de la burguesía para apoyar la reimplantación del poder burgués. Si bien en estos procesos el papel del ejército no fue principal, sino de apoyo al punch revisionista en el Partido, podría darse el caso de que el Partido se mantuviese firme en la línea proletaria mientras que la burguesía condujese un golpe de Estado mediante el ejército. En todo caso, las masas en armas son garantía de independencia político-militar de la clase, en aplicación de la concepción ideológica de la línea proletaria. De ahí la imperiosa necesidad de que las masas se mantengan armadas constantemente y sean garantes de su propia dictadura ante la burguesía.

Este es nuestro balance particular sobre uno de los aspectos fundamentales de la lucha de clases en su vertiente más explícita. Breve y concisamente, esperamos haber aportado algo de claridad, especialmente teniendo en cuenta que en el MCEe aún sigue siendo hegemónica la vieja ilusión insurreccional.

ANTE LAS ILUSIONES INSURRECCIONALISTAS DEL REVISIONISMO,
¡GUERRA REVOLUCIONARIA DE MASAS HASTA EL COMUNISMO!

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